De la casa al Jardín. Niños/as y adultos enfrentados a un nuevo desafío

¿Qué sería esperable que ocurriera cuando mi hijo/a comience a asistir al jardín?

…que no llore cuando lo deje

…que siempre se despida tranquilo/a y contento/a

…que no se quiera venir conmigo a la casa

…que no tenga problemas para quedarse con adultos extraños y en un lugar que no conoce

…que quiera compartir con muchos niños y niñas que no conoce

O

…que llore, grite y se aferre a mí cuando lo/a dejo

…que no se quiera levantar ni vestir en la mañana

…que no quiera comer, ir al baño ni dormir en el jardín

…que cada vez que le pregunto, se enoja o pone a llorar

Ciertamente, no es una pregunta fácil de responder y es porque el ingreso al jardín infantil es un hito no solo en la vida del niño o la niña, sino también para su familia. Es un proceso no exento de dificultades, ya que no es uniforme y no siempre se da de una manera “ideal ni sencilla”, es por esto que todas las alternativas mencionadas anteriormente son posibles y esperadas.

Lo que le pasa al niño/a…

Las diversas manifestaciones que el/la niño o niña puede expresar en su relación con el jardín infantil, se pueden explicar por una parte a partir de las propias características de la etapa del desarrollo en que se encuentre (lactante o párvulo).

En este sentido es importante considerar que los niños y niñas pueden presentar reacciones de ansiedad al momento de separarse de sus padres o adultos cuidadores a través de señales de temor, cautela o timidez frente a extraños; el cambio de rutina también puede provocar sensaciones de inseguridad o inestabilidad, lo que a nivel emocional se puede expresar en llanto, irritabilidad o cambios en hábitos ya adquiridos.

Todo lo anterior, obedece a una forma distinta de la usada por los adultos para “comunicar” sus emociones y pensamientos y que es el lenguaje corporal. A su vez, algunos niños y niñas vivencian esta experiencia como una suerte de abandono, pues les es complejo aún comprender algunas nociones de espacio y tiempo, razón por la cual la separación es vivenciada de manera angustiante ya que no saben por cuánto tiempo ésta se va a extender (no han desarrollado aun la capacidad para entender el concepto de “transitoriedad”).

Lo que le pasa a los adultos

Por otra parte estas sensaciones de inseguridad, ansiedad e incertidumbre- que son esperables- muchas veces se agudizan a partir de la forma en que los adultos abordamos este proceso y qué le transmitimos a niños y niñas, por ello es que muchas veces la adaptación al jardín infantil se ve interferida más bien por la reacción del adulto que por las naturales expresiones de niños y niñas frente a algo nuevo en sus vidas.

Un ejemplo de ello es cuando no hemos anticipado al niño/a que comenzará a asistir al jardín, lo que implicará esto en su rutina diaria (a qué hora se levantará, con quién se quedará, por cuánto tiempo, etc.) y qué podría llegar a sentir al separarse por primera vez de sus padres. Otro ejemplo es cuando frente a la angustia del niño o niña, no nos despedimos y nos vamos sin que se de cuenta, suponiendo que no lo va a notar. Con lo anterior, sin quererlo, reafirmamos la sensación en el niño o niña de no entender y/o de desconfiar de la situación; con esta “huida” no le damos la posibilidad de expresarnos las sensaciones que le surgen respecto a la despedida y dejamos esa responsabilidad a un adulto que aún no es significativo para el niño o niña. Como padres además, perdemos la oportunidad de estar presentes para acoger, consolar, explicar y ayudarle a incorporar esta nueva experiencia.

Entender que somos quienes podemos ayudar al niño o niña a elaborar esta experiencia de una manera saludable y enriquecedora, nos permite reparar en la importancia -no solo de los gestos y actos- sino también del discurso que sostenemos como familia respecto al ingreso al jardín infantil.

En este sentido, a veces entregamos a niños y niñas explicaciones del “por qué se debe ir al jardín infantil”, que se basan en las necesidades del mundo adulto y que resultan muy abstractas, difíciles de comprender y asimilar para ellos, por ejemplo: “los papás van al trabajo y los niños al jardín”; “si no vas al jardín yo no puedo ir a trabajar y si no trabajo, no te puedo comprar las zapatillas ni los dulces que te gustan…”; “tienes que ir al jardín para estudiar, para que vayas al colegio…”; “todos los niños van al jardín, así que tu también”; “ya eres grande, tienes que ir al jardín” razones que tienden a invisibilizar al niño o niña y sus necesidades, planteando motivaciones que tienen sentido para el adulto, pero no para el niño o niña porque ellos viven en el aquí y ahora, centrados en sí mismos y le es difícil proyectarse, ponerse en el lugar de otros y visualizar el “beneficio” que esto traerá en el futuro.

Sería deseable entonces que les mostráramos los beneficios de esta nueva etapa transmitiéndoles por ejemplo: “en el jardín puedes jugar con niños de tu misma edad”; “en el jardín hay muchos juguetes y materiales entretenidos que no están en casa”; “puedes aprender canciones y juegos nuevos con las tías y los demás niños”; “en el jardín puedes aprender cosas que yo no sé o no puedo enseñarte en la casa…”, etc.

La adaptación, un proceso permanente

Ahora bien, las manifestaciones o reacciones emocionales mencionadas al comienzo, pueden darse al inicio del proceso de ingreso al jardín infantil, pero también pueden darse a lo largo del año. En este sentido cabe hacer una distinción, y es que muchas veces cuando estas reacciones se dan en períodos que no coinciden con que el niño/a haya estado ausente por periodos largos de la rutina del jardín (vacaciones, enfermedades, etc.), pueden deberse a cambios o crisis que se estén suscitando al interior de la familia y que se expresan en este contexto, por ejemplo separación de los padres, enfermedad de algún familiar, nacimiento de un hermanito, cambios de casa, entre otras.

Es, a propósito de la estabilidad que requieren niños y niñas, y de lo sensibles que son a los cambios en sus rutinas de vida (propias de la etapa del desarrollo), que estas vicisitudes pueden reeditar sensaciones vividas en el proceso de adaptación al jardín, o bien presentarse por primera vez, donde el niño o niña expresa y manifiesta desconcierto, preocupación y el anhelo o nostalgia del espacio que brinda la contención familiar.

¿Cómo podemos favorecer el proceso de adaptación?

Si bien la “aparición” de reacciones no habituales o “síntomas” resulta inquietante y a veces difícil de abordar para el adulto, es muy importante destacar que SIEMPRE es saludable que el niño/a encuentre espacios para su expresión emocional, independiente de cómo se manifieste (llanto, pataletas, retraimiento, etc.), ya que da cuenta de que el niño/a es conciente, está conectado y siente que puede expresar lo que le pasa frente a estos cambios y a pesar de que esto a los adultos nos complique, somos los convocados a contener y tolerar estas manifestaciones, pues dentro de todo, podemos recibirlas como un potente y elocuente gesto de confianza.

A la luz de todo lo anterior, parece importante entender y asumir que como adultos responsables de nuestros hijos e hijas, debemos estar atentos y observando permanentemente sus comportamientos y reacciones, ya que esto nos dará las señales de lo que ellos están vivenciando. Este registro debiese permitirnos identificar que al menos algo necesita de nosotros, por lo que espera una respuesta a esta necesidad, que casi siempre involucra contener, escuchar y ayudar a encontrar formas de incorporar experiencias nuevas. En este sentido, el reto, la desesperación, el ignorar, la radicalización, el presionar, el comparar, el desborde de los adultos, etc. sólo aumentan la sensación de desconcierto en el/la niño/a, sin saber nuevamente qué hacer con lo que les pasa, pero además sintiéndose responsables por lo que le ocurre al adulto que ellos tanto quieren.

Es por esto, que parece necesario también tener en cuenta qué nos pasa como adultos frente al proceso de separación con nuestros niños/as, ya que muchas veces ésta es la primera vez que nos alejamos de ellos por un tiempo. Independiente de las convicciones y razones para tomar esta decisión, es natural que como adultos nos veamos afectados por la separación, siendo esperable sentir culpa por dejarlo, miedo o dudas frente a sus cuidados, pena y/o preocupación por sus reacciones. Tener conciencia de que nos pasan cosas nos permite -por una parte- empatizar con el proceso de nuestro hijo y -al mismo tiempo- reconocer estas sensaciones nos permite diferenciarnos del niño o niña, lo que facilitará abrir el diálogo de las emociones que nos van surgiendo con él o ella. Por ejemplo “ yo entiendo que te da pena ir al jardín porque sientes que vas a estar solo allá y yo me quedo con tu hermanito, nosotros también te vamos a echar de menos, pero nos pone contentos saber que vas a jugar con tus amigos, que lo puedes pasar bien, y que en la tarde nos juntamos de nuevo”.

Así mismo es importante mirar cómo estamos al momento de llevar al niño o niña al jardín infantil, no sólo regular lo que le digo, sino también tomar conciencia de lo que nuestro cuerpo está manifestando, ¿estoy tenso/a?, ¿acelerado/a? ¿voy con pena? de tal manera de no dar mensajes confusos y poder regular nuestras emociones a través de reconocer lo que nos pasa. Por ejemplo “te voy a dar un último besito antes de irme, sé que te da pena y a mí también me da pena dejarte triste, a lo mejor con un buen abrazo se nos pasa más rápido”.

Invitamos a la reflexión sobre este hito en el desarrollo de los/as niños/as en nuestra cultura, pues es un primer paso en el camino hacia la socialización más allá de los límites de cada familia, con todo lo que ello implica en términos de autonomía (relacionarse con otros en ausencia del adulto significativo, destacar por sí mismo, hacer elecciones, tomar decisiones, resolver conflictos, plantear opiniones, etc.).

Pero sobre todo, invitamos a reflexionar sobre la importancia de una constante observación y auto observación, esto nos puede dar luces de cómo nosotros nos estamos involucrando en este proceso, asumiendo que no es algo que sólo compete al niño/a y que nuestro actuar puede facilitar esta experiencia al ofrecer espacios seguros, claros y confiables para la expresión emocional. Al observar de manera activa, reconocemos al/la niño/a como un/a otro/a, con ritmos, características, necesidades y expresiones propias que aún cuando sus reacciones tengan estrecha relación con lo que le sucede al adulto, es importante detenerse y evaluar qué necesita el/la niño/a y qué necesita el adulto, estableciendo así una relación de respeto y acompañamiento, propios de una crianza bientratante y abierta al aprendizaje.

Conflictos entre niños

 

Los adultos generalmente evitamos los conflictos, ya que en la mayoría de los casos nos parecen algo negativo. En otras ocasiones es necesario o inevitable enfrentarlos, y en esas circunstancias solemos contar con las herramientas necesarias para resolverlos, ya que por ejemplo, hemos aprendido a controlar nuestras emociones, sabemos solicitar apoyo, o llegar a acuerdos. De similar manera, en los niños y niñas los conflictos también suelen darse con frecuencia, sin embargo ellos no han adquirido algunas de las herramientas necesarias para poder enfrentarlos o resolverlos de forma satisfactoria, por lo cual en ocasiones es necesario que cuenten con nuestro apoyo para superar esos momentos difíciles y aprender de ellos.

Pensemos en dos niños, Amalia y Rubén. Ambos primos de alrededor de 4 años juegan en la casa de Amalia con los juguetes de ella. A ratos juegan solos, en sus movimientos y palabras se los puede ver y oir fantaseando, alegres y disfrutando del momento. A los pocos minutos inventan juntos un juego, crean roles, construyen escenarios imaginarios, representan personajes. En uno de esos juegos Rubén toma una de las muñecas de Amalia y la usa como una espada. Amalia, molesta porque Rubén ocupó así una de sus muñecas favoritas, le grita y le pega un manotazo. Rubén llora, la empuja y ambos lloran.

Volviendo al origen de los conflictos podríamos suponer que acá ocurrió lo siguiente: Rubén no sabía que esa era una de las muñecas preferidas de Amalia, y por lo tanto no podía suponer que Amalia se iba a enojar por que él la usara como espada. Por su parte Amalia creyó que Rubén estaba siendo descuidado con una de sus muñecas favoritas, y que la podía romper jugando así con ella. Así, el jugar de esa manera con la muñeca fue evaluado de distinta manera por los dos, en uno esto provocó alegría y en el otro molestia, por lo cual se generó el conflicto.

En este punto es importante tener en cuenta que los niños y niñas en muchos casos son capaces de solucionar los conflictos por sí solos, a traves de los recursos con los que cuentan y generando acciones autónomas. De esta forma es importante permitirles generar estas acciones y utilizar sus recursos, interviniendo como mediadores sólo cuando sus posibilidades de acción se vuelven insuficientes, y el conflicto permaneces a pesar de sus intentos, o se intenta resolver a través de conductas que puedan causar daño al otro.

Una de las acciones que podemos hacer para colaborar a que los niños y niñas adquieran herramientas que los ayuden a resolver sus conflictos es ayudarlos a identificar sus propias emociones. Así, en el caso de Ruben y Amalia es importante preguntarles que les ocurrió o sintieron en base a lo sucedido, y si no pudiesen expresarlo podríamos ayudarlos diciéndole por ejemplo “¿te enojaste con Rubén porque el usó como espada tu muñeca favorita?”. Y a su vez a Rubén le podríamos decir “parece que te asustaste con el grito de Amalia” o “parece que no te gustó que Amalia te pegara”.

El poder darnos cuenta cuándo y por qué estamos con pena, enojados, cansados, ansiosos, etc. es una herramienta muy importante para anticipar nuestras reacciones, y poder identificar también las emociones de los otros, lo cual entrega mayores posibilidades de acción y solución en las situaciones conflictivas.

De similar manera, otra forma de mediar en los conflictos y entregar herramientas emocionales a los niños y niñas es ayudarlos a identificar las consecuencias emocionales que sus actos generan en los otros. Así, en el caso de Rubén y Amalia, podríamos haberle preguntado a Rubén: “¿Qué crees que le pasó a Amalia?, y si él no puede identificar la emoción ayudarlo a través de apoyos como “Ruben, esa es la muñeca preferida de Amalia, y ella se enojó porque creyó que tú la podías romper…”. Por su parte, a Amalia le podriamos decir “Amalia, Rubén no sabía que esa era tu muñeca favorita, ¿Qué crees que sintió cuando le gritaste?…”. Este simple acto de traducir hechos a emociones, pensamientos o creencias, ayudará a que los niños vayan siendo capaces de anticipar ciertas reacciones y a identificar cuando posibles actos suyos puedan generar conflictos con otros.

El efecto que esto irá teniendo en los niños y niñas será sumativo, y permitirá que poco a poco niños y niñas aprendan a identificar sus emociones y a expresarlas de otras formas que no sean dañinas o agresivas hacia los otros, como por ejemplo, diciendo “no me gusta!” en vez de pegar un manotazo. Así, lo que se busca no es invalidar o reprimir la expresión de una emoción, sino que reconocerla y enseñar que esa emoción puede expresarse de distintas formas.

Este cambio en la forma de expresión es otra herramienta muy necesaria para resolver un conflicto, en la medida que niños y niñas van adquiriendo otras alternativas más asertivas para manifestar sus emociones, que permitan la descarga pero que no causen daño a otros. Para esto es muy importante que los adultos sirvamos como modelos de acción, mostrándoles con el ejemplo como poder expresar una emoción de forma que nos ayude a sentirnos mejor, sin agredir a otros.

Por lo tanto, es necesario que como adultos mantengamos la calma en esos momentos, y que les expresemos claramente lo que esperamos de ellos. En este mismo sentido es de gran relevancia que seamos coherentes, y no actuemos de manera distinta a la que decimos. Si nosotros agredimos a otros -o a ellos- cuando estamos enojados, niños y niñas aprenderán a agredir cuando lo estén, y generalmente el efecto de ver una conducta tiene un impacto mucho mayor en los niños y niñas que sólo las palabras.

Así por ejemplo, le podríamos haber dicho a Amalia “…te enojaste con Rubén, pero sabes, cuando uno está enojado no es bueno pegar, porque al otro le duele. ¿Te parece que cuando estés muy enojada en vez de pegar le digas: No es una espada!, y vayas donde mí y me cuentas lo que pasó para que te ayude?”. A su vez, a Rubén le podríamos decir: “Sé que no te gustó que Amalia te pegara, pero cuando eso pase no la empujes, dile NO y le pones la manito así (haciendo la señal de pare). Si ella sigue, vienes donde mí para que te ayude”.

Por último, es necesario que luego de un conflicto podamos ofrecer acciones de reparación de éste. Esto quiere decir que podamos ayudar a niños y niñas a reconciliarse, a superar ese momento difícil y que puedan volver a disfrutar de la compañía mutua, ambos habiéndose sentido escuchados, contenidos, y que se respetaron sus opiniones y emociones. Así es importante que les preguntemos qué necesitarían para pasar por ese momento difícil, qué es lo que les gustaría que el otro hiciera, y/o qué podrían hacer ellos para estar mejor.

De esta manera podríamos decirle a Amalia “¿Que te gustaría que hiciera Rubén para que se te pase la penita?” O “¿qué podríamos hacer para ayudar a Rubén, que está asustado?”. En este punto hay que ser muy cuidadosos de no obligar a niños y niñas a hacer cosas que no les hacen sentido o no necesitan, y que pueden tener el efecto contrario al esperado, como generar más rabia o pena. Así, hay que ser muy respetuosos de sus capacidades, opiniones, tiempos y necesidades, no pidiéndoles cosas que no pueden hacer, no quieren o no necesitan.

Todo esto ya que muchas veces es el deseo, interés, o forma de vivenciar adulto, el que prima en la forma en que los padres intervenimos cuando los niños y niñas tienen conflictos entre ellos. Nos gusta que los niños y niñas “se porten bien”, “sean obedientes”, “generosos”, y les pedimos o exigimos que actúen en base a estas expectativas nuestras, pero que no están acordes con las capacidades o necesidades de ellos, exponiéndolos por lo tanto a más estrés del que el conflicto ya generó.

De esta manera podemos ver como los conflictos, que generalmente son percibidos como algo indeseable o negativo, pueden convertirse en algo positivo, en una oportunidad de fomentar el desarrollo de nuestros hijos, fortaleciendo además el vínculo que tenemos con ellos.

Al ayudarlos a enfrentar un conflicto de las formas que hemos visto, fomentamos en ellos un desarrollo emocional que será un gran recurso en su vida, ayudándolos a prevenir dificultades y entregándoles las herramientas para afrontarlas. A su vez, fortalecemos el vínculo afectivo con ellos, al convertirnos en figuras que entregan calma, seguridad, comprensión y apoyo en los momentos difíciles, lo cual es la clave para el desarrollo de un apego seguro, y el establecimeinto de relaciones sanas y satisfactorias.